Sabia señora, y joven doncella
cada día disputaban,
la una cómo ganar unas monedas
y la otra cómo no perderlas.
Es de buena familia
la piadosa señora,
que paga religiosamente
a su fiel doncella.
Tanto amor fraterno
profesa la señora a su protegida,
que desea hacer de la joven
una buena ama de casa,
aunque para ello,
en ocasiones tenga que penarla.
Fructíferas ganancias acumula la señora.
A causa de los errores de su doncella,
la cartera de patacones y perras chicas llena.
Si hacía bien la compra, sería premiada,
de lo contrario castigada.
Por eso a la joven, cada día esa compra
se le atragantaba.
-¡Oh, mi señora!
La sardina yo la he visto muy fresca.
-¡Calla criatura! ¿No ves que está tuerta?
Para que aprendas a mirarles los ojos
y a no ser tan descuidada,
en castigo, te descuento
un patacón y una perra chica.
¡Así serás más espabilada!
-¡Mire señora, qué fresquita está la pescadilla!
-Y yo no lo niego… pero está en exceso,
¡tiene la espina rígida!
De esa manera no podrá morder la cola,
y no queda bonita en el plato con ella tiesa.
¡Dos patacones te descontaré de tu paga,
así aprenderás a hacer bien la compra!
-Hoy es día de mercado.
Ve a la plaza, compra patatas,
que no tengan arrugas ni ojos,
y sin manchas ni gorgojos.
Satisfecha quedó la señora
por tan buena presencia,
y mucho más la doncella
porque no le menguaba su paga.
Pero, ¡Oh, mi señor!,
pronto cayó en cuenta la señora
que la doncella no había sido
muy avispada.
Y poniendo la voz en grito
así la regaña:
-Tú, jovencita, nunca te instruirás.
Si te han pedido cincuenta,
tendrías que porfiar,
pues por sólo cuarenta
las habrías podido “mercar”
¡Escucha chiquita! Por no espabilar,
te voy a descontar un patacón por kilo,
y así aprenderás a regatear.
En media semana,
la doncella ya había perdido
un patacón por kilo,
un patacón y una perra chica
por una sardina tuerta,
y dos patacones
por la pescadilla de espina tiesa.
Pensaba con disgusto la joven doncella,
que hiciese como hiciese la compra,
siempre se quedaría menguada su paga.
Patacón a patacón, perra chica a perra chica,
se le iba quedando cada vez más exiguo el jornal.
Aprendida la lección,
la sencilla muchacha
pone en práctica su estrategia.
-¡Oh, mi señora, cuánto lo siento!
Las sardinas estaban bizcas,
la pescadilla sufre de espina rígida,
las patatas están muy arrugaditas
los huevos no parecen frescos,
juraría que oí piar al polluelo.
La verdura está reseca y las cebollas grilladas,
así que, mi señora:
he pensado que sería mejor
que de menú ponga sopas bobas.
La doncella enojada
defendió su salario,
advirtiendo a la “señora”
que no necesitaba
de sus enseñanzas,
y con valentía reclamó
que dejase de pagarle
religiosamente su jornal
y lo hiciese… justamente.
Luisa Lestón Celorio
Leído en la Facultad de Filología- Oviedo
Registrado
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