lunes, 19 de marzo de 2012

EL PATACÓN Y LA PERRA CHICA

Sabia señora, y joven doncella

cada día disputaban,

la una cómo ganar unas monedas

y la otra cómo no perderlas.


Es de buena familia

la piadosa señora,

que paga religiosamente

a su fiel doncella.


Tanto amor fraterno

profesa la señora a su protegida,

que desea hacer de la joven

una buena ama de casa,

aunque para ello,

en ocasiones tenga que penarla.


Fructíferas ganancias acumula la señora.

A causa de los errores de su doncella,

la cartera de patacones y perras chicas llena.


Si hacía bien la compra, sería premiada,

de lo contrario castigada.

Por eso a la joven, cada día esa compra

se le atragantaba.


-¡Oh, mi señora!

La sardina yo la he visto muy fresca.

-¡Calla criatura! ¿No ves que está tuerta?

Para que aprendas a mirarles los ojos

y a no ser tan descuidada,

en castigo, te descuento

un patacón y una perra chica.

¡Así serás más espabilada!


-¡Mire señora, qué fresquita está la pescadilla!

-Y yo no lo niego… pero está en exceso,

¡tiene la espina rígida!

De esa manera no podrá morder la cola,

y no queda bonita en el plato con ella tiesa.

¡Dos patacones te descontaré de tu paga,

así aprenderás a hacer bien la compra!


-Hoy es día de mercado.

Ve a la plaza, compra patatas,

que no tengan arrugas ni ojos,

y sin manchas ni gorgojos.


Satisfecha quedó la señora

por tan buena presencia,

y mucho más la doncella

porque no le menguaba su paga.


Pero, ¡Oh, mi señor!,

pronto cayó en cuenta la señora

que la doncella no había sido

muy avispada.

Y poniendo la voz en grito

así la regaña:

-Tú, jovencita, nunca te instruirás.

Si te han pedido cincuenta,

tendrías que porfiar,

pues por sólo cuarenta

las habrías podido “mercar”

¡Escucha chiquita! Por no espabilar,

te voy a descontar un patacón por kilo,

y así aprenderás a regatear.


En media semana,

la doncella ya había perdido

un patacón por kilo,

un patacón y una perra chica

por una sardina tuerta,

y dos patacones

por la pescadilla de espina tiesa.

Pensaba con disgusto la joven doncella,

que hiciese como hiciese la compra,

siempre se quedaría menguada su paga.


Patacón a patacón, perra chica a perra chica,

se le iba quedando cada vez más exiguo el jornal.

Aprendida la lección,

la sencilla muchacha

pone en práctica su estrategia.


-¡Oh, mi señora, cuánto lo siento!

Las sardinas estaban bizcas,

la pescadilla sufre de espina rígida,

las patatas están muy arrugaditas

los huevos no parecen frescos,

juraría que oí piar al polluelo.

La verdura está reseca y las cebollas grilladas,

así que, mi señora:

he pensado que sería mejor

que de menú ponga sopas bobas.


La doncella enojada

defendió su salario,

advirtiendo a la “señora”

que no necesitaba

de sus enseñanzas,

y con valentía reclamó

que dejase de pagarle

religiosamente su jornal

y lo hiciese… justamente.



Luisa Lestón Celorio

Leído en la Facultad de Filología- Oviedo

Registrado

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