Angelicales señoritas
que de angelicales, nada tenían.
De inocencia más
bien eran disminuidas.
A los santos rezaban noche y día.
Sus plegarias al cielo elevaban,
convencidas de que cuanto
a sus fieles imágenes pedían,
se les concedía.
Con ellas aprendimos
a guardarnos de los hombres.
Con ellas entramos en picardías,
ya que sus constantes advertencias
estaban llenas de lindezas atrevidas:
-Los hombres son muy guarros,
y unos mirones descarados,
que de las niñas copian
lo más preciado de las mayores;
por eso las niñas han de esconderse
de esos cochinos desvergonzados.
Con los niños no debéis de jugar,
pues las niñas honestas,
de los rezos sólo deben gozar.
Como niñas hacendosas,
a las mamás tenéis que ayudar,
y las conversaciones de los mayores
no debéis nunca escuchar.
Veladamente descubrimos
dónde está la maldad.
Aprendimos a escuchar a escondidas
mientras esperábamos que recogiesen
la ropa tendida.
¡Por cierto! Aquella colada,
nunca se acababa de secar.
Luisa Lestón Celorio
Leído en la Facultad de Filología- Oviedo
Registrado
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