sábado, 22 de septiembre de 2012


CARICIAS NEGADAS

¡Caricias negadas! ¡Caricias soñadas!
¡Caricias dolientes! ¡Caricias imaginadas!
¡Caricias esperadas! ¡Caricias añoradas!
Tras el cristal desesperada,
apretando las manos, con hiel en la garganta
y comprimiendo los labios
para que por ellos no saliesen dolorosas palabras,
con tristeza te contemplaba.
Lágrimas amargas inundaban mis entrañas
y  mis ojos enrojecidos por los desvelos
al no tenerte a mi vera.

Qué larga se me hacía la espera
en que un día me dijeran:
¡Ya puedes llevártela!

Largo el tiempo se me fiaba
mientras con llantos ocultos gritaba:
¡Dejadme tocar a mi niña!
¡Dejadme besarla!
¡Dádmela, que es mía!
¡Dejadme amamantarla!

En mi vientre tu ausencia notaba,
mientras, la cuna estaba vacía
y tus llantos no conocía.  
¡Cómo añoraba el roce de tu piel!
Con tu suave olor a bebé
y el calorcito de tu cuerpo soñaba.

Temía perderte sin tenerte.
Temía que te fueras sin abrazarte.
Temía… temía…temía…
¡Cuántas cosas temía!
Cuánta soledad en aquella alcoba 
en espera que desespera, día tras día,
lamentando los silencios engañosos,
las palabras compasivas que por repetidas
no dejaban de ser piadosas mentiras:
¡Pronto podrás abrazarla!

¿Por qué, me preguntaba,
siendo mi hija de mí te apartaban?
No entendía las mil y una razones.
Nadie parecía entender mis dolores,
mis angustias  y desazones.
Sólo tú lograbas mantenerme viva.
Sólo deseaba estar dormida
ya que mientras dormitaba
mis angustias olvidaba.
Apenas percibía  tu rostro tras el grueso cristal,
y tu llanto débil por un momento pude escuchar,
y aquel día mi corazón se llenó de júbilo
porque conocí tu voz,
y mientras regocijo sentía
también temía que estuvieses dolorida.

Manaban néctar mis senos
sin que tú lo degustases,
y mientras te alimentaban
con aparentes sustancias,
tu madre derramaba  
las que destinadas para ti tenía.

Ya mi vientre estaba vacío,
mis pechos rebosantes,
el corazón ardiente y la mente nublada,
por tener tanto que ofrecerte
sin poder a ti donarme.

Feliz y temerosa te acogí entre mis brazos
cuando al fin pude abrazarte.
Temía hacerte daño,
 y mis brazos temblaban
al verte tan  indefensa y chiquita,
¡ya eras mía y al fin entre mis brazo te mecía!
Miraba ansiosa tu cunita,
con miedo de no saber cuidarte.

Desvelos alegres y temerosos me inquietaban;
alegres por tenerte ¡mi bien!,
temerosos  por tanto gozo
después del llanto y desesperación.
Temía… a no sé qué sinrazón.

Pronto llegaron tus primeros pasos,
tus balbuceos, tus risas cautivadoras,
tus besos amorosos,
y tu alegría disipó mis malos presagios.

Eras lámpara que iluminaba mi corazón;
eras consuelo de mis desasosiegos;
eras fuente de mis alegrías;
eras el descubrir un nuevo día,
¡eras… y sigues siendo!

Contigo aprendí lo que significa ser madre
y que los desvelos no tienen precio,
y a mi madre desde entonces también comprendía.
Contigo también conocí la ternura de tu padre,
de un padre que esperaba tu llegada
que a solas sufrió nuestra ausencia
sin tener con quien consolar su dolor.


Eres lo mejor que Dios nos ha dado.
Eres el fruto de nuestro amor,
de nuestros sueños de enamorados
y que tantos desvelos pasamos
en espera de tenerte a nuestro lado
para ofrecerte toda nuestra devoción.


Luisa Lestón Celorio
2005


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